Han matado a K. y como el mismo lo dijo: "¡como un perro!".
Desde el comienzo tenía solo tres posibilidades; la primera, era acomodarse a que estaba enjuiciado y acostumbrarse a que tendría que vivir con ello, por siempre, com altísimas probabilidades de que termina su primer proceso, si es que algún día lo iba a lograr, llegaría a su casa y con seguridad lo estarían esperando de nuevo dos ordenanzas para ponerlo en juicio, pues habría comenzado otro proceso.
La segunda; era permanecer en una indagación constante, preguntas aquí y allá, conocer gente por todo lado, pasar de un abogado a otro, pedir ayudas, escribir cartas, mantenerse en indagaciones, pero siempre en busca de su libertad, sin acomodarse a que está enjuiciado y luchando por demostrar su inocencia, así moriría K. metido en un círculo sin fin que no lo llevaría a ningún lugar nuevo.
Y la tercera era la muerte, que al fin y al cabo la había contemplado desde el primer momento en que se dío cuenta que su vida había cambiado para siempre, justo en la mañana en la que se atenta contra su intimidad, despierta y dos hombres se encuentran en su cuatro.
Parece que la muerte era en definitiva la única solución para que K. pudiese gozar de su libertad, pero lo triste de todo esto es que cuando comenzó la historia pensó en el suicidio, acabar él mismo con su propia vida, terminarla de una vez por todas y se habría evitado una historia que emperoraría; pero al final es triste ver como definitivamente llega al mismo punto: la muerte, pero con una gigantezca diferencia: ahora lo matan, muere en manos de otros, quienes después de una larga caminata terminan con la vida de K. con gólpes y con dos puñaladas en el corazón.
K. ha muerto y con él se fue la prepotencia de un hombre que fué obligado a comenzar un proceso, no sabré nunca por qué lo enjuiciaron, lo más posible es que no fuera inocente sino culpable, pero lo importante fue el proceso de conocer un mundo al que nunca quiso entrar pero que se vió obligado a vivir en él.
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